Alimentación y olor corporal: Ajo

May 9, 2013

Alimentación y olor corporal: Ajo

Ya hemos hablado en otras ocasiones del efecto que ciertos alimentos pueden producir a la hora de modificar nuestro olor corporal. Si alguna vez fuimos lo que comemos, desde luego con algunos alimentos es más cierto decir que sudamos lo que comemos.

Es el caso del ajo, uno de los bulbos más utilizados en la cocina mediterránea, tanto para aderezar directamente como para salsas, encurtidos y hasta método de conservación de alimentos.

El ajo posee una enorme cantidad de propiedades benéficas, incluso se le asocian innumerables cualidades curativas. No obstante, son muchas las personas que no soportan su olor.

Por si ese dato resultase pobre, la realidad es que el intenso aroma del ajo también llega a impregnar nuestras glándulas sudoríparas y una vez que hemos comido la hortaliza y la hemos metabolizado, el siguiente paso es su eliminación y, en este apartado, nuestros poros no permanecen al margen.

Cuentan las crónicas que los antiguos helenos vetaban la entrada en los templos dedicados a Cibeles a quienes hubiesen ingerido ajo, por el penetrante aroma que desprendían los satisfechos gourmets.

Ese agudo olor del ajo se debe a uno de sus componentes, la alicina, un sulfóxido del bulbo que apenas huele, pero que al romper el ajo se transforma en alicina, un compuesto azufrado que se encarga de imprimir la aromática impronta al ajo.

Hemos de decir que la alicina pierde su efecto muy rápidamente, por lo que debe ser consumida en ajo fresco o ligeramente cocido. Lo cierto es que cuando se cocina el ajo por encima de los 60 grados centígrados, casi todo el aroma se desvanece.

De todos modos, para curarnos en salud, lo mejor si no queremos que nos sigan por el rastro a ajo, es prescindir de su ingesta y utilizar un antitranspirante fiable como Perspirex.