Historia del desodorante y antitranspirante

September 7, 2011

El sudor es un fenómeno tan antiguo como la humanidad, y por supuesto también lo es el deseo de oler bien para resultar más atractivos. Ya en la Antigüedad se usaban todo tipo de remedios caseros para camuflar el olor. Entre los egipcios eran frecuentes las lociones a base de cítricos, canela, incienso y algarrobo.

En la Edad Media el tema del buen olor corporal perdió cierta importancia, ya que en esa época los perfumes y los baños de agua caliente sólo estaban al alcance de los más ricos; para el resto de la población, el agua helada era a menudo el único recurso disponible para asearse.

No fue hasta 1888 cuando apareció el primer antitranspirante a base de cloruro de zinc, que consistía en una cera pastosa que se aplicaba debajo del brazo. Dos años más tarde salía al mercado el primer producto a base de cloruro de aluminio, dando lugar a toda una serie de remedios para el mal olor en forma cremas, talcos, roll on y pads.

En los años 50 salieron al mercado los productos en aerosol, y el desodorante en spray se hizo tan popular que 20 años después copaba el 80% de la cuota de mercado. Sin embargo, en 1977 el gobierno estadounidense prohibió uno de sus principales ingredientes, el circonio de aluminio, debido a los problemas que podía presentar al ser inhalado. Su otro ingrediente estrella, el cloroflourocarbono (CFC) resultó ser perjudicial para la capa de ozono. Esto trajo como resultado una caída de la venta de desodorantes y antitranspirantes en spray, mientras que se incrementaba la venta de productos en barra y roll on.

En la actualidad disponemos de desodorantes en todo tipo de formatos y de antitranspirantes altamente eficaces. Los principales ingredientes activos que se usan hoy en día para la fabricación de desodorantes y antitranspirantes, son el clorhidrato de aluminio, cloruro de aluminio, sulfato de aluminio y circonio de aluminio modificado (que no produce daño al inhalarse en bajas cantidades).

Historia del desodorante: Orígenes

Desde que el ser humano adquirió conciencia y se distanció de su parte animal, siempre se ha preocupado por mantener el olor corporal a raya.  No obstante, en un principio, esa mezcla de sustancias hormonales y acciones bacterianas nos proporcionaban un olor característico y necesario. De hecho, ese olor ayudaba tanto a encontrar pareja como a ahuyentar a posibles enemigos, a camuflarnos frente a otros depredadores y a marcar nuestro territorio.

Sin embargo, la civilización trajo consigo hábitos de limpieza e higiene marcados por la necesidad de gustar a los demás y, en ese empeño, el mal olor corporal no entraba dentro de los códigos del buen gusto.

Se sabe que ya en algunas muestras sumerias se han descrito los procesos que se utilizaban para evitar que el olor del sudor hiciera de las suyas. Los propios egipcios optaron por el placer de los baños y los afeites realizados a base de aceites y esencias de cítricos, canela e inciensos.

Los coetáneos de Cleopatra fueron los encargados de traspasar esa buena costumbre a griegos y romanos, quienes comenzaron a experimentar en el arte del perfume para controlar el olor.

Todas estas buenas costumbres dieron al traste con la llegada de la sórdida Edad Media, donde la higiene pasó a un segundo, tercero y hasta cuarto plano, ya que pocos eran los afortunados que podían disponer de agua, a excepción de las heladas corrientes de ríos bastante alejados de las villas.

El tiempo avanza y los franceses se encargan, en las cortes europeas, de introducir el perfume. Aromas de intenso olor cuya única función era la de enmascarar el olor del sudor, bajo nubes de embriagadoras mezclas no siempre acertadas. Cuanto más intenso el perfume, más apreciado por la alta sociedad, que seguía sin cambiar la esencia por el baño.

No fue hasta el siglo XIX, coincidiendo con el descubrimiento de las glándulas sudoríparas y su funcionamiento, cuando comenzó a experimentarse con los primeros desodorantes. Habíamos inaugurado una época.